No es ninguna sorpresa que la industria textil, después de la petrolera, sea una de las que mueve más capital en el mundo y que detrás de ella se escondan millones de trabajadores. No obstante los atractivos desfiles y el seductor visual merchandising de las marcas de moda; no todo es color de rosa en la producción de indumentaria.

Aproximadamente un 75% de la mano de obra en el sector textil y de moda esta compuesto por mujeres. Por un lado, es positiva la democratización de los puestos de trabajo, considerando la discriminación de género en estos temas y sobre todo teniendo en cuenta que las actividades textileras han sido relacionadas con el sexo femenino desde épocas previas a la revolución industrial. Pero, con una mirada más profunda a lo que esta sucediendo en la cadena productiva lo mínimo que podemos hacer es preocuparnos e informarnos si estas trabajadoras mujeres están recibiendo el trato que se merecen por producir lo que vestimos todos los días.

Es inexplicable como muchas de las empresas y marcas con mejores ingresos económicos sigan sin garantizar salarios justos, trabajos decentes y seguridad laboral. De la misma manera, es inexplicable que en pleno Siglo XXI sigan existiendo mujeres esclavizadas en una fábrica 60 a 140 horas semanalmente para que el pan de cada día no falte es sus hogares.

Emilie Schultze, del colectivo Fashion Revolution de Inglaterra, hace énfasis en el dato de que las mujeres en Bangladesh perciben un sueldo 50% inferior al salario mínimo para cubrir sus necesidades básicas; también reporta que en general, las mujeres tienen salarios inferiores a los que percibe el sexo masculino.

Esta problemática no es exclusiva de países orientales, en Latinoamérica, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe CEPAL la feminización de la mano de obra en esta industria ha ido aumentando desde las últimas décadas y es un porcentaje que sigue una tendencia de crecimiento.

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Picture by Fashion Revolution / Singapore

Desde enormes fábricas hasta el trabajo desde sus propios hogares las mujeres latinas tienen un rol primordial en la producción de indumentaria.

El empoderamiento femenino en lugar de ser tomado como una oportunidad para la erradicación de la pobreza en países en vías de desarrollo, también ha sido tomado como una ventaja por las grandes corporaciones para reducir sus costos de producción. La desigualdad social que viven las mujeres en contextos vulnerables es una de las razones por las cuales las empresas manufactureras se aprovechan para tener mano de obra más dócil y barata.

Por lo general, en esta industria las mujeres acceden a los puestos de trabajo con los peores salarios y sin muchas oportunidades de crecimiento.

Se cree que otro factor que no deja que se superen estos problemas es la falta de apoyo o la prohibición por parte de los empleadores a formar sindicatos de trabajadores o grupos internos para que las trabajadoras puedan reclamar sus derechos. El miedo a perder su trabajo es una de las causas que muchas veces callan a las mujeres, cabe mencionar que en otras ocasiones la razón por las que pierden su trabajo es por estar en estado de embarazo, en lo que empleadores prefieren no asumir los costos y permisos de maternidad que las leyes demandan.

Si bien el papel de la mujer es primordial en esta industria que por décadas a ayudado a mujeres a sacar a sus familia a adelante y, que de una u otra forma ha contribuido a la igualad de género en ámbitos laborales, es importante que la integración de la mujer en estas plazas de trabajo sea protegida y regulada por las entidades competentes pero, más aún que estas medidas sean exigidas por el consumidor, quien a la final del día manda sobre las marcas de indumentarias, por más grandes que sean. Nosotros como consumidores somos los que con nuestra vanidad ayudamos a que ciertas personas en el mundo se enriquezcan a costa del sacrificio de otras, nosotros como consumidores tenemos la responsabilidad en nuestras manos de que esta industria haga más bien que mal.

Hecho Por Nosotros Centro de Investigación con la colaboración de Joshe Ordóñez